0

Libros recomendados

LOS HIJOS DE ATENEA

9788416748235
LARAUX, NICOLE

TENGO GANAS DE RISAS RAQUEL

9789506984991
GANDOLFO, ELVIO

UN PUÑADO DE ANÉCDOTAS

9788433964779
ENZENSBERGER MAGNUS, HANS

Notas y Reseñas destacadas

Talleres

Avión de papel Taller de escritura creativa para niños, niñas y adolescentes

Avión de Papel es una iniciativa que busca encender la llama de la expresión escrita, desarrollando confianza, autoestima y habilidades de comunicación. Nuestros talleres ofrecen el espacio, el apoyo, el estímulo y la inspiración para involucrarse desde edades tempranas en el mundo de la escritura. A través de distintos ejercicios lúdicos y disciplinas, buscamos desatar el entusiasmo con la palabra, alcanzando la pasión por la narración motivando la libertad para crear y contar historias. Mediante la publicación de una revista propia, los pequeños escritores atraviesan un proceso de creación, edición, corrección y diseño de textos ampliamente beneficioso para el desarrollo personal.

Taller anual inscripciones abiertas

Minerva
Sábados de 11:00 a 12:30 hs, y de 14:00 a 15:30 hs.
  • Costo $2500

Cucarachas

 

Soy un hombre de 39 años que vive con sus padres y duerme sobre millones de cucarachas.

La cama es rechinante. El colchón, húmedo, destemplado.

Hoy aquí apenas se distingue el día de la noche. Todo está iluminado por la luz intermitente de la pantalla. No hay silencio, tampoco: aunque a bajo volumen, no dejan de sonar los parlamentos predecibles, las melodías repetidas, la gente peligrosamente amable presentando platos exóticos.

Desde afuera del cuarto, a veces me llega el andar de mis padres que se resignaron ya a no llamarme, nunca. Mi madre se desplaza despacio y el viejo relee hasta el cansancio el diario del domingo durante toda la semana. Yo adivino sus gestos, iguales a sí mismos, mientras debajo de mí, rigurosamente circunscritas al perímetro de la cama, esperan decenas de millones de cucarachas.

Podría, sin dificultad aún, separar la cabeza de la almohada, despegar el torso de la sábana desgastada, arrancar los talones de sus huellas indelebles en lo áspero. Y sin embargo, no. En otros momentos salía casi ilusionado esperando encontrar cualquier novedad y chocando con la severidad sin palabras o perdiéndome en los ojos imprecisos.

No ahora. Hay sentido en esta horizontalidad. He abandonado las necesidades más elementales. Primero fue el sexo.  Aquellos encuentros casi clínicos. Luego la autocomplacencia que mezclaba recuerdos culposos y sus inventos sucedáneos.

Después se fue el deseo de comer. Por último, la urgencia de evacuar. No me sorprende. Yo ya no salgo. Salen las cucarachas.

Todo es a razón de una vez por semana, durante el paseo en que mis padres se regalan una ronda de luz y aire en la que tal vez por un rato logren olvidarme.

Él se pone los zapatos que aún suenan a nuevo y comienzo a percibir el ansioso temblor de las patitas.

Mi padre ayuda a mi madre, con ternura apagada, a vestirse sin equívocos. No toleraría el ridículo y jamás se perdonaría un chiste involuntario.

Tratan de intercambiar palabras que chocan sordas contra mi territorio y el temblor se vuelve golpeteo, mueve las maderas podridas de la parrilla, levanta unos milímetros el colchón.

Se escucha a mi padre que toma las llaves y el latido es furioso. La puerta del frente se abre y cruje y responden alas y extremidades rasposas como sierras. Suena la puerta cerrándose y la cama se infla, las voces que se alejan rumbo al mundo, y desde mi cuadrilátero estalla en el plano una oleada oscura y hambrienta de decenas de millones que hurgan la alfombra espesa de mugre, los vasos con sarro, las paredes, los estantes, los libros descolados.

Se juntan en grupos mínimos y trabajan afanosas, y cuando terminan se vuelven a compactar en una pátina fuerte, legionaria, que mira masiva hacia la puerta como esperando una orden de mi parte. Entonces suena la llave que entra y rápidamente se repliegan, vencidas ahora, a la espera.

Hace pocos días, una desobedeció. Se escurrió hacia afuera y cuando volvió, luego de una calma de segundos el resto se abalanzó para devorarla. Pude percibir el sonido de su desesperación, bajo la capa móvil de las otras. La conocí. Las conozco a todas. Una por una.

Había agitación ese día. Afuera. Hubo voces extrañas y eso que a nosotros no nos visitan nunca. La puerta de calle sonó varias veces. Y sin embargo, los viejos permanecían.

Hoy que el sonido es extraño, de nuevo, solo me queda la esperanza de estar equivocado. De haber percibido mal los ruidos, ahora fuertes, despreocupados, de corrimiento de muebles y preparación de bolsos. Espero no confirmar mi teoría de que aquella rebelde funcionó como sonda enviada al azar. Vino a contarles, en un diálogo de antenas elásticas, que pronto sería distinto. No se sabía cómo, pero distinto.

El revuelo inferior me lo confirma: esta vez están urgidas y parece no importarles que mis padres aún estén cerrando las últimas maletas, azuzados a apurarse por voces muy nerviosas. Agradezco esa duda, esos instantes de demora en que los ancianos aún no me clausuraron. Pero cuando ellas golpean, cuando el colchón se eleva, una y otra vez, confirmo la necesidad de que se vayan.

La puerta exterior se abre, hay un arrastre de pies y protestas, un llanto de exilio, y aquí que no se aguanta más esta revulsión, al fin explotará y sé que esta vez no van a recorrer un entorno insuficiente. Ni siquiera esperarán frente a la puerta, porque ya no obedecen, han avanzado en su autonomía, embestirán y doblarán la madera, dejarán comunicada esta situación mía de olores sin luz con lo que sea que exista afuera, acaso un vacío, sin susurros, y son muchas, calcáreas, multiplicadas cucarachas, negras y brillantes, millones de millones.

Carrito de compras

 x 
Carro vacío